Real
Monasterio de Nuestra Señora de Sigena.
Reyno d’Aragó.
Octubre de 1238
“Triste está hoy la mañana, vive Dios. Desde laudes se
barruntaban nubes y hace ya dos días que la reúma me muerde el costado,
assí que non est extranyo que agora se deshagan los cielos en lágrimas de
ángeles, que non son otra cosa las gotas de lluvia para una tierra
sedienta como aquesta nuestra. Mas non he fecho la presentación de mi
humilde persona. Lorenço de Zuera es mi nombre y monge cillerero de
Nuestra Señora de Sigena mi actual condición. Actual, digo, porque habéis
de saber que hubo un tiempo, veinte años atrás, en que fui soldado de
fortuna, e sabiendo que Su Majestad don Pedro de Aragón dirigíase a luchar
contra el Miramamolín en Castiella, non dudé en unirme a sus nobles
huestes en busca de honor, gloria e riqueza. E junto a los caballeros
Fideles Regi conoscí a un joven infanzón turolense, de nombre Diego
Marsilla, con quien tuve el plazer de compartir tantas cabalgadas e
sangrientos combates que non tardando mucho trabamos grande amistade de
armas, convertiéndonos en uña e carne.
Fue deste modo como supe de Isabel Segura, nombre que
no caía de los labios del bueno de Diego. Era su luz en las tinieblas e
tanto me fablaba della, de sus ojos, de sus manos, de sus cabellos que
aprendí a querella e respetalla como si mi dama fuese. Isabel lo esperaba
impaciente en su Teruel natal hasta que el plazo de cinco años dado por su
padre para conseguir fama e dineros devolviesen a Diego a los brazos de
Isabel delante del altar para convertilla en su esposa... Assí decía el
infeliz mirando las estrellas mientras su rostro resplandecía arrebatado
por dulces visiones de futuro. Tras la terrible carnicería que vivimos en
el lugar que llaman Las Navas de La Losa tanto Diego como yo mesmo salimos
airosos del lanze. Y, por cierto, ambos muy contentos con el botín
fabuloso que logramos acumular, saqueando las tiendas de los infieles
almorávides.
Non habría de durar la goya, pues pocos días más tarde
una partida de bandidos montañeses atacó la retaguardia de la mesnada
real, y dió con los güesos de Diego e los míos en el suelo, de modo que
arrebatáronnos los dineros e dejáronnos muy malferidos hasta la llegada de
los nuestros, que hicieron huir a los malhechoress e curaron nuestros
quebrantos. Hubimos de buscar nueva fuente de riqueza, e fue assí como
acompañamos de nuevo a la hueste real a Occitania, enfrentándonos a un tal
Simón de Monfort bajo los muros de la fortaleza de Muret...
Sigue lloviendo en Sigena. Mis recuerdos se deslizan
agora entre las gotas de lluvia, se convierten en lágrimas e lloran con
los cielos. Yo ví caer al rey de Aragón, a manos de los cruzados
franceses. Y con él ví perecer a lo mejor de la nobleza aragonesa. Diego e
yo fuimos condenados a vivir para contallo. Con el coraçon encogido,
partimos de Occitania a escondidas. Él, a Tierra Santa, según dijo, por
recobrar su hacienda. Yo... non sabía donde, ni me importaba ya. Al final
retorné a las tierras de Aragón, acompañando en triste comitiva el cadáver
del rey hasta Sigena. E aquí me quedé. De Diego non supe más hasta
passados cinco años, cuando un peregrino me contó una triste historia de
amor entre las casas de Marsilla e Segura que ocurriera en Teruel... Otras
dos tumbas se abrieron en mi alma marchita.
En honor de quienes quedaron atrás, pues, voy agora a
poner unas flores en el sepulcro de don Pedro y a dedicar en mi alma el
rezo de maitines a Diego, a Isabel, a todas las víctimas del destino y de
la necedad humana...
Dios os guarde, mis damas e senyores”