Fundación Bodas de Isabel

 

 

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Los Amantes de Teruel

Párpados muertos, dormidos.

Mejillas de color blanco.

Ambas manos no enlazadas sobre un sepulcro de mármol.

Los dos pálidos, inertes, esculpidos a cincel.

Dos estatuas de alabastro, los Amantes de Teruel.

Debajo, dos esqueletos en dos urnas de cristal; dos calaveras dormidas y muertas por tanto amar.

 Son huesos amarillentos con pergamino a los pies, donde se cuenta la historia que los hizo perecer.

En algún lugar, por cierto, deben poderse leer dos nombres casi borrosos: Don Diego, Doña Isabel.

Todo sucedió en Teruel, en el Teruel medieval, Teruel de estrechas callejas, secretos y eternidad…

Nació Diego en cuna noble, de alta estirpe y condición; Isabel, sin sangre azul, gozó de alta posición.

Él, de familia arruinada. Ella, de enriquecidos por el comercio, y culpables de un orgullo que se cobró un alto precio.

Marchó el joven a la guerra con un gran y hondo sentir, y díjole a la doncella: “Espera, Isabel, por mí”.

Pasaron primaveras y veranos, otoños e inviernos pasaron, y ella esperaba en silencio el retorno de su amado.

Pero Diego no volvía, nadie a explicarlo acertaba, muchos diéronle por muerto, Isabel sólo lloraba…

El padre de la muchacha, al cinco años pasar, por ver si su hija ríe la decide desposar.

Hay grande boda en Teruel el día en que cumple el plazo, y con ojos de tristeza Isabel se está casando.

Entra un jinete al galope que atraviesa la ciudad, por la puerta de Daroca aminora el cabalgar.

Es don Diego de Marcilla que va a casa de su amada, y cuando llega a la puerta le dicen: es desposada.

Entra rápido en la estancia, en el centro ve a Isabel; ella lo mira un instante, se llega a desvanecer.

Se retira a su aposento, Diego la sigue en silencio; cuando ambos se quedan solos, tres veces le pide un beso.

Pero ella se lo niega al ser dama desposada, mientras, él muere en los brazos de aquella a quien tanto amaba.

La ciudad viste de luto, los Marcilla están de duelo; hay solemnes funerales en la iglesia de San Pedro.

Una enlutada doncella, cubierta de negro velo, entra despacio en el claustro y camina do está el féretro.

Se arrojó sobre el cadáver en su boca un beso dando, y exhaló su último aliento muriendo junto a su amado.

Era Isabel de Segura, y con Diego quedó unida; fue el suyo un amor tan grande que no murió con la vida.

Teruel se vistió de negro y lloró a los dos amantes, en la misma sepultura se decidió el enterrarles.

Se amaron hasta la muerte, hoy se cuenta la leyenda; es la historia de un amor que no caminó por sendas.

No dejaron de quererse los Amantes de Teruel; Isabel murió por Diego, y Diego por Isabel…

Malas lenguas tararean: “tonta ella y tonto él”.

Yo digo: AMOR VERDADERO, sólo eso es lo que fue.

Y su historia ya es eterna, sucedió entre dos amantes… … en ese Teruel secreto, en ese Teruel de antes…

 

Pili del Val Abad

 

(c) Raquel Esteban. Prohibida la reproducción total o parcial sin su autorización expresa.


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