Fundación Bodas de Isabel

 

 

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Z  A  G  A  L  I  C  O

Os acordáis Don Diego.

− ¡Cómo no me voy a acordar!...¡Cómo no me voy a acordar de Teruel!

Hoy, Esteban, huele a esos días de primavera, a esos días en que los primeros rayos del sol se colaban por las rendijas de mi ventana y eran la promesa de un espléndido día, con ese cielo tan claro y tan azul, pasados ya las heladas del invierno, cuando el trino de los pájaros  alegraba  el despertar… me  recuerda a cuando era zagalico…

Esos días saltábamos de la cama y tras unas sopas de pan y un buen tazón de leche empezábamos nuestros ejercicios, la espada de madera, el escudo, el estafermo… la voz de mi padre tronaba:

− ¡Somos gente de frontera!, por eso vinimos a Teruel, estamos hechos a las cabalgadas, a las algaradas y al sonar de hierros, no os acostumbréis a vuestros mullidos jergones, pues lo normal es que durmáis al raso los más de los días, acompañados de vuestros compañeros de armas y vuestras bestias. ¡No bajéis la guardia zagales!

Y allí estaba yo, un día tras otro, con el sudor deslizándose por mi espalda, atormentado bajo el peso de los hierros. Desde hacía poco tiempo vestía la loriga, para ejercitarme con su peso y sentirla como mi segunda piel. Teníamos que cabalgar, subir y bajar del caballo, con ese peso, de manera que los movimientos fueran lo más rápidos y naturales posibles. Había que superar el umbral de la fatiga, sino en una cabalgada de verdad no habría segundas oportunidades.

Mi padre también decía:

− La piel del guerrero es su loriga, sin ella no se pueden entrar en combate, además demuestra su posición social, su clase, sólo hay una manera de obtenerla de un guerrero y es arrancarla de su cuerpo frío.− Bien lo sabía él, pues su vida había sido un continuo batallar, como correspondía a su linaje.

La cota de malla, era un bien preciado, más incluso que la propia espada, de un tremendo valor tanto en oro como  su propia función protectora, entrar al combate sin ella era jugar con tremenda desventaja con la muerte. Las repasábamos a diario, cuidando que no se abriera ninguna anilla, que no hubiera desgarres, sobre todo en las axilas, donde más tensión sufrían por los movimientos con la espada. Más adelante, cuando fuéramos hombres de mesnada, podríamos mantener un mancebo que se encargara de esta laboriosa tarea, pero mientras nos formábamos y estuviéramos en casa de padre, el mantenimiento y cuidado de la loriga, al igual que otros elementos de nuestro equipo era cosa nuestra, y ¡ay! si se nos ocurría presentarnos en el patio de ejercicios con una mancha de óxido en nuestro bacinete, o la espada con muescas, sólo de pensarlo aún me recorren escalofríos por toda la espina dorsal.

Por la tarde cuando ya habíamos acabado nuestra instrucción, una vez afilados los aceros, bruñidos los cueros y repasadas las anillas, a los chavales nos gustaba juntarnos en las choperas cerca del río que bordea Teruel. Allí emulábamos a nuestros mayores con batallas entre moros y cristianos, nos imaginábamos entrando a galope tendido en tierras levantinas, luchando con los terribles agarenos, volviendo llenos de gloria y de presentes para nuestras familias. Lo difícil era encontrar chavales que quisieran hacer de moros, en cualquier caso lo suplíamos con imaginación y los chopos formaban haces de tropas mahometanas prestas al combate.

Una tarde de aquellas, cuando el agua del río se desliza dulcemente y acaricia los juncos que crecen en las orillas, entré en una acalorada y cerril discusión  con un Muñoz, familia de enjundia en la villa de Teruel, sobre quién lideraría la hueste cristiana. El muy cabezón no cedía y a mi no me apetecía ser un segundón ni en los juegos, la cosa fue a más y antes de que pestañeara arrojé mi espada de madera a su rostro, entre dolorido y sorprendido comenzó a llorar y a gritar, en la frente se abrió un profundo corte del que empezó a manar sangre, yo mismo azorado por el hecho me eché a correr sin mirar atrás.

Me marché asustado por el daño provocado al muchacho, no temiendo tanto la venganza de éste, sino que se lo contara a su padre y éste a su vez al mío, al que respetaba y temía mucho más que a ese rapaz vocinglero, pero su familia era familia principal y la mía aunque venía de una estirpe de guerreros  y aunque mi padre era respetado en el concejo y se tenía en cuenta su juicio y criterio, el contrariarse contra un Muñoz no podía traer nada bueno, y así me lo haría ver mi padre haciendo chasquear su cinturón en mis nalgas.

Subí corriendo a esconderme en nuestro corral, perdí la noción del tiempo sobre el rato que estuve oculto entre nuestros animales. Sí soy consciente de que tardé en salir, pues el sol ya se había ocultado y sólo cuando mi hermano mayor Sancho me llamó a voz en grito me dejé ver.

− ¿Pero donde te habías metido zagalico? Ya sabes que a nuestro padre no le gusta que andemos por ahí una vez se oculte el sol, a pesar de que la ciudad cierra sus puertas, por Teruel  pasa mucha gente, y no todos los que siguen los pendones reales o de los ricoshombres son siempre de noble corazón.−En verdad Teruel era un lugar de paso en muchas ocasiones de las huestes que hacían incursiones en tierras valencianas, y entre los hombres de armas, no siempre brillan nobles ideales.

Aguanté el chorreo lo mejor que pude, no nombró el incidente en la vega, así que disimulé los hechos, no sería yo el que me delatara.

La cena fue como siempre y aunque estuve varios días con el corazón en un puño y presto a escuchar cualquier comentario que evidenciara el incidente, o bien realmente mi padre nunca se enteró, o si lo hizo miró hacia otro lado y pensó que las cosas entre rapaces entre ellos deben quedar, el hecho es que el incidente  no tuvo mayores consecuencias.

 Aquella agresión por mi parte aunque en mi casa no tuvo repercusión, sí que hizo que cambiara mis hábitos de juegos y cambiara por tanto el escenario de éstos. Desde ese día dejé de frecuentar la chopera,  para ir a jugar entre las callejas de la ciudad, sobre todo a la plaza delante de la iglesia de María de Mediavilla donde iban otro niños y niñas, entretenidos en juegos menos bélicos que los que hasta ahora me habían ocupado.

Había una niña, bella como un ángel, a la que especialmente me gustaba observar… su aya la llamaba “Isabel”.

Isabel…

 

− ¡Esteban, va siendo hora de que volvamos a nuestro Teruel!



 

(Jesús J. Jambrina)

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