|

Os acordáis Don Diego.
− ¡Cómo no me voy a acordar!...¡Cómo no me voy a acordar de
Teruel!
Hoy, Esteban, huele a esos días de primavera, a esos días en
que los primeros rayos del sol se colaban por las rendijas de mi ventana y
eran la promesa de un espléndido día, con ese cielo tan claro y tan azul,
pasados ya las heladas del invierno, cuando el trino de los pájaros
alegraba el despertar… me recuerda a cuando era zagalico…
Esos días saltábamos de la cama y tras unas sopas de pan y un
buen tazón de leche empezábamos nuestros ejercicios, la espada de madera, el
escudo, el estafermo… la voz de mi padre tronaba:
− ¡Somos gente de frontera!, por eso vinimos a Teruel,
estamos hechos a las cabalgadas, a las algaradas y al sonar de hierros, no
os acostumbréis a vuestros mullidos jergones, pues lo normal es que durmáis
al raso los más de los días, acompañados de vuestros compañeros de armas y
vuestras bestias. ¡No bajéis la guardia zagales!
Y allí estaba yo, un día tras otro, con el sudor deslizándose
por mi espalda, atormentado bajo el peso de los hierros. Desde hacía poco
tiempo vestía la loriga, para ejercitarme con su peso y sentirla como mi
segunda piel. Teníamos que cabalgar, subir y bajar del caballo, con ese
peso, de manera que los movimientos fueran lo más rápidos y naturales
posibles. Había que superar el umbral de la fatiga, sino en una cabalgada de
verdad no habría segundas oportunidades.
Mi padre también decía:
− La piel del guerrero es su loriga, sin ella no se pueden
entrar en combate, además demuestra su posición social, su clase, sólo hay
una manera de obtenerla de un guerrero y es arrancarla de su cuerpo frío.−
Bien lo sabía él, pues su vida había sido un continuo batallar, como
correspondía a su linaje.
La cota de malla, era un bien preciado, más incluso que la
propia espada, de un tremendo valor tanto en oro como su propia función
protectora, entrar al combate sin ella era jugar con tremenda desventaja con
la muerte. Las repasábamos a diario, cuidando que no se abriera ninguna
anilla, que no hubiera desgarres, sobre todo en las axilas, donde más
tensión sufrían por los movimientos con la espada. Más adelante, cuando
fuéramos hombres de mesnada, podríamos mantener un mancebo que se encargara
de esta laboriosa tarea, pero mientras nos formábamos y estuviéramos en casa
de padre, el mantenimiento y cuidado de la loriga, al igual que otros
elementos de nuestro equipo era cosa nuestra, y ¡ay! si se nos ocurría
presentarnos en el patio de ejercicios con una mancha de óxido en nuestro
bacinete, o la espada con muescas, sólo de pensarlo aún me recorren
escalofríos por toda la espina dorsal.
Por la tarde cuando ya habíamos acabado nuestra instrucción,
una vez afilados los aceros, bruñidos los cueros y repasadas las anillas, a
los chavales nos gustaba juntarnos en las choperas cerca del río que bordea
Teruel. Allí emulábamos a nuestros mayores con batallas entre moros y
cristianos, nos imaginábamos entrando a galope tendido en tierras
levantinas, luchando con los terribles agarenos, volviendo llenos de gloria
y de presentes para nuestras familias. Lo difícil era encontrar chavales que
quisieran hacer de moros, en cualquier caso lo suplíamos con imaginación y
los chopos formaban haces de
tropas mahometanas prestas al combate.
Una tarde de aquellas, cuando el agua del río se desliza
dulcemente y acaricia los juncos que crecen en las orillas, entré en una
acalorada y cerril discusión con un Muñoz, familia de enjundia en la villa
de Teruel, sobre quién lideraría la hueste cristiana. El muy cabezón no
cedía y a mi no me apetecía ser un segundón ni en los juegos, la cosa fue a
más y antes de que pestañeara arrojé mi espada de madera a su rostro, entre
dolorido y sorprendido comenzó a llorar y a gritar, en la frente se abrió un
profundo corte del que empezó a manar sangre, yo mismo azorado por el hecho
me eché a correr sin mirar atrás.
Me marché asustado por el daño provocado al muchacho, no
temiendo tanto la venganza de éste, sino que se lo contara a su padre y éste
a su vez al mío, al que respetaba y temía mucho más que a ese rapaz
vocinglero, pero su familia era familia principal y la mía aunque venía de
una estirpe de guerreros y aunque mi padre era respetado en el concejo y se
tenía en cuenta su juicio y criterio, el contrariarse contra un Muñoz no
podía traer nada bueno, y así me lo haría ver mi padre haciendo chasquear su
cinturón en mis nalgas.
Subí corriendo a esconderme en nuestro corral, perdí la
noción del tiempo sobre el rato que estuve oculto entre nuestros animales.
Sí soy consciente de que tardé en salir, pues el sol ya se había ocultado y
sólo cuando mi hermano mayor Sancho me llamó a voz en grito me dejé ver.
− ¿Pero donde te habías metido zagalico? Ya sabes que a
nuestro padre no le gusta que andemos por ahí una vez se oculte el sol, a
pesar de que la ciudad cierra sus puertas, por Teruel pasa mucha gente, y
no todos los que siguen los pendones reales o de los ricoshombres son
siempre de noble corazón.−En verdad Teruel era un lugar de paso en muchas
ocasiones de las huestes que hacían incursiones en tierras valencianas, y
entre los hombres de armas, no siempre brillan nobles ideales.
Aguanté el chorreo lo mejor que pude, no nombró el incidente
en la vega, así que disimulé los hechos, no sería yo el que me delatara.
La cena fue como siempre y aunque estuve varios días con el
corazón en un puño y presto a escuchar cualquier comentario que evidenciara
el incidente, o bien realmente mi padre nunca se enteró, o si lo hizo miró
hacia otro lado y pensó que las cosas entre rapaces entre ellos deben
quedar, el hecho es que el incidente no tuvo mayores consecuencias.
Aquella agresión por mi parte aunque en mi casa no tuvo
repercusión, sí que hizo que cambiara mis hábitos de juegos y cambiara por
tanto el escenario de éstos. Desde ese día dejé de frecuentar la chopera,
para ir a jugar entre las callejas de la ciudad, sobre todo a la plaza
delante de la iglesia de María de Mediavilla donde iban otro niños y niñas,
entretenidos en juegos menos bélicos que los que hasta ahora me habían
ocupado.
Había una niña, bella como un ángel, a la que especialmente
me gustaba observar… su aya la llamaba “Isabel”.
Isabel…
− ¡Esteban, va siendo hora de que volvamos a nuestro Teruel!
(Jesús J. Jambrina)
|