Fundación Bodas de Isabel

 

 

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LAS ARMAS DE JUAN DIEGO DE MARCILLA
Por José Luis Castillo (José Iñiguez de Azogaraz) www.arcomedievo.net

 

Corre el año de 1210, bajo el reinado de Pedro II. Tengo casi veintiún  años, una buena edad para lanzarse a guerrear en una vida de aventurero, que no mercenario. Tengo que buscar patrimonio, fortuna  y quizás también fama. Mi condición de segundo hijo de la familia los Marcilla me obliga a ello, así como el amor que profeso hacia Isabel.

Triste destino el  mío el depender mi futuro y vida de la violencia de la guerra, pero es mi  sino. Mi ciudad Teruel antes llamada Turwal por los árabes, consiguió fueros propios después de su conquista bajo el reinado de Alfonso II, lo que le permite guardar la defensa de la frontera del reino en su territorio y ampliarlos si es menester: Año a año se arañan tierras y poblados limítrofes, conquistándoselas a los moros. Eso me abre la puerta a conseguir algo de fortuna y tierras con las que poder crear algo de patrimonio propio y compartir mi vida con Isabel y lograr así el consentimiento a mi boda con ella.

Yo tenía unos trece años cuando se celebró en todo Teruel la toma de Rubielos en 1203. Entonces decidí que ése era mi destino y mi futuro, seguir a los jueces de mi ciudad en las campañas que cada año  se armaban y que bajo el paño carmesí de mi ciudad salían a guerrear. Así orienté mi vida,  ya que el amor hacia Isabel nunca será consentido por su padre Don Pedro de Segura.

Por lo que en esos años que han pasado desde entonces, he ido preparando mis armas, mejor dicho las habilidades en ellas y siempre bajo la esperanza de conseguir a mi amada. Luchare con ellas para conseguir lo que quiero. Hubiese sido mejor disponer de otras opciones, que no las del triste acero y la sangre que haya que derramar,  pero no hay solución.

Mi hermano mayor Sancho nada ha opuso a  esta decisión. El pago de estas armas y su adiestramiento es la aportación de mi familia hacia mi persona, aportación de triste uso pero son herramientas que mi hermano Pedro bendecirá por ser éste también su destino.

Ahora heme aquí solo. Me queda embalar mis armas, con cuidado, y bajo la triste luz de unos velones. Me acompañan los anillos del humo despiden mis recuerdos.

Mañana partiré. Este trabajo quería haberlo hecho Pedro mi ayudante o mejor dicho mi amigo, pero no he querido ya las acomodará él mañana en la acémila que llevaremos para la carga. No le he dejado hacer esto, quiero destilar los recuerdos que están pegados a estas armas.

Pedro no lo entiende, tiene algunos pocos años más que yo. Su familia siempre ha servido a los Marcilla, me ha acompañado en las largas horas de aprendizaje.

Recojo mis ballestas, el cuero de las vergas está engrasado para que no se reseque la madera. Las cuerdas están enceradas,  aceitadas piezas mecánicas y las llaves de disparo, para que estén siempre  prontas para su uso.

Las envuelvo en cuero para protegerlas. Cuento las saetas de mis aljabas.

La mezcla de esos olores trae a mi mente infinidad de recuerdos: las tardes en el solanar detrás de las murallas, las horas que pasé aprendiendo su uso, la sangre de mis dedos al tensar la cuerda, los consejos que me daba el ballestero que me adiestraba. Él  siempre me decía : “para montar con rapidez una ballesta, se necesitan unas manos encallecidas, no siempre se puede usar la gafa para su carga y quizás tu vida dependa de esa destreza”.

Miro mis manos encallecidas también por el uso de la espada. ¡Que grande me pareció mi primera espada!. Me asombraba su pomo circular  y su guarda redondeada preparada para retener el filo de un alfanje, como volteaba y sonaba al batir el aire.

Me llevo la mano a mi costado, mis costillas parece que me duelen todavía de los golpes de vara con las que me entrenaba el armero. Era un hombre rudo, ya no puede acompañarle mañana. El tiempo pasas y aunque hace algunos años que mi destreza había superado la de aquel hombre,  siempre prefería  fingir y dejar un hueco en mi guardia, que rápidamente era descubierto por el viejo soldado y después vuelve y vuelve a explicarme como cubrir ese hueco y parar su ya lento golpe.  También recuerdo el dolor de mi hombro, de mi brazo izquierdo al aguantar los envites y golpes en la rodela;  siempre he preferido su uso, mejor que los escudos ovalados. La madera de olmo con que están hechas no es la más dura,  pero es más pesad y fácil de encontrar. Sus capas de cuero crudo las hacen más sólidas , pero lo importante me decía el herrero: “Son las cantoneras remachadas de sus bordes y sus umbros, ahora algo mellados después de tantos combates y golpes. 

Aquí están mis espadas bruñidas y aceitadas con sus filos repasados, guardadas en sus vainas de cuero, con sus correajes doblados y aceitados para evitar que el cuero se cuartee por el sudor, la humedad o el frió.

Sobre la mesa mi cota de malla y el almofar cuidadosamente repasados los enganchones de las anillas por Pedro, al lado esta mi crespina acolchada de lino y mi gambeson, ambos nuevos. Es el ultimo detalle de mi padre. Él ha querido que  fuera así, como si pudieran protegerme mejor.

Allí está rígido y  mullido el gambeson, la lana prensada todavía no había perdido su rigidez, el sudor y el uso ya la doblegaran y quien sabe si me ayudaran a protegerme de las flechas o saetas de los moros.

Cojo mi casco, esta mañana hemos cambiado los suspensores de cuero y lo hemos ajustado  para que fuera algo cómodo encima de la crespina y el almofar. A mi no me gusta usar casco, hay tantas cosas que no me gustan, pero son necesarias.

Recuerdo como hace años volviendo a mi casa, orgulloso de mi casco nuevo,  bajaba de la plaza Mayor, con las orejas rojas por el roce del metal y con  el nasal rozándome los labios. No llevaba protección alguna bajo el casco que protegiera mi cabeza del frió y de los golpes del hierro.

Quería que lo viera Isabel, yo estaba orgulloso de él. Isabel se echó a reír con su dueña cuando me vio de esa guisa. Que dulce es su sonrisa.

El resto de mis armas ya las ha guardado Pedro. Está receloso conmigo por hacer su trabajo, pero yo quiero hacer mi parte y  estas armas la quiero  llevar mañana, así me se despediré de mi familia y de Isabel.

Cabalgaré  hasta la plaza Mayor para unirme a las huestes. Muchos de mis amigos parten conmigo, buscan lo mismo que yo, pero ellos van  a jugar con sus destinos.

Pero el mío ya esta  firmado y sellado, es un  trato con mi sangre y antes de cinco años volveré. Eso era lo pactado con Isabel y eso cumpliré.

 Que Dios me de la luz que me ilumine en mi viaje. Rogaré para que nos conceda todas sus bendiciones y si tiene a bien nos conceda ciento a uno nuestros sueños.

 

Bibliografía Histórica:

-Articulo: EL TERUEL DE LOS AMANTES de Gregorio A. GÓMEZ, Conferencia impartida dentro del ciclo "Los Amantes de Teruel" el 17 de enero de 2006.

 -Historia Contada de Aragón de José Luis Corral Lafuente.

Bibliografía Armamento:

 La evolución del armamento medieval en el reino Castellano Leones y Al-andalus (siglos XII-XIV) de Alvaro Soler del Campo.

 

 

(c) Raquel Esteban. Prohibida la reproducción total o parcial sin su autorización expresa.


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