
Corre el año de 1210, bajo el reinado de Pedro II.
Tengo casi veintiún años, una buena edad para lanzarse a
guerrear en una vida de aventurero, que no mercenario. Tengo que
buscar patrimonio, fortuna y quizás también fama. Mi condición
de segundo hijo de la familia los Marcilla me obliga a ello, así
como el amor que profeso hacia Isabel.
Triste destino el mío el depender mi futuro y
vida de la violencia de la guerra, pero es mi sino. Mi ciudad
Teruel antes llamada Turwal por los árabes, consiguió fueros
propios después de su conquista bajo el reinado de Alfonso II,
lo que le permite guardar la defensa de la frontera del reino en
su territorio y ampliarlos si es menester: Año a año se arañan
tierras y poblados limítrofes, conquistándoselas a los moros.
Eso me abre la puerta a conseguir algo de fortuna y tierras con
las que poder crear algo de patrimonio propio y compartir mi
vida con Isabel y lograr así el consentimiento a mi boda con
ella.
Yo tenía unos trece años cuando se celebró en
todo Teruel la toma de Rubielos en 1203. Entonces decidí que ése
era mi destino y mi futuro, seguir a los jueces de mi ciudad en
las campañas que cada año se armaban y que bajo el paño carmesí
de mi ciudad salían a guerrear. Así orienté mi vida, ya que el
amor hacia Isabel nunca será consentido por su padre Don Pedro
de Segura.
Por lo que en esos años que han pasado desde
entonces, he ido preparando mis armas, mejor dicho las
habilidades en ellas y siempre bajo la esperanza de conseguir a
mi amada. Luchare con ellas para conseguir lo que quiero.
Hubiese sido mejor disponer de otras opciones, que no las del
triste acero y la sangre que haya que derramar, pero no hay
solución.
Mi hermano mayor Sancho nada ha opuso a esta
decisión. El pago de estas armas y su adiestramiento es la
aportación de mi familia hacia mi persona, aportación de triste
uso pero son herramientas que mi hermano Pedro bendecirá por ser
éste también su destino.
Ahora heme aquí solo. Me queda embalar mis
armas, con cuidado, y bajo la triste luz de unos velones. Me
acompañan los anillos del humo despiden mis recuerdos. |
Mañana partiré. Este trabajo quería haberlo hecho
Pedro mi ayudante o mejor dicho mi amigo, pero no he querido ya
las acomodará él mañana en la acémila que llevaremos para la
carga. No le he dejado hacer esto, quiero destilar los recuerdos
que están pegados a estas armas.
Pedro no lo entiende, tiene algunos pocos años
más que yo. Su familia siempre ha servido a los Marcilla, me ha
acompañado en las largas horas de aprendizaje.
Recojo mis ballestas, el cuero de las vergas
está engrasado para que no se reseque la madera. Las cuerdas
están enceradas, aceitadas piezas mecánicas y las llaves de
disparo, para que estén siempre prontas para su uso.
Las envuelvo en cuero para protegerlas. Cuento
las saetas de mis aljabas.
La mezcla de esos olores trae a mi mente
infinidad de recuerdos: las tardes en el solanar detrás de las
murallas, las horas que pasé aprendiendo su uso, la sangre de
mis dedos al tensar la cuerda, los consejos que me daba el
ballestero que me adiestraba. Él siempre me decía : “para
montar con rapidez una ballesta, se necesitan unas manos
encallecidas, no siempre se puede usar la gafa para su carga y
quizás tu vida dependa de esa destreza”.
Miro mis manos encallecidas también por el uso
de la espada. ¡Que grande me pareció mi primera espada!. Me
asombraba su pomo circular y su guarda redondeada preparada
para retener el filo de un alfanje, como volteaba y sonaba al
batir el aire.
Me llevo la mano a mi costado, mis costillas
parece que me duelen todavía de los golpes de vara con las que
me entrenaba el armero. Era un hombre rudo, ya no puede
acompañarle mañana. El tiempo pasas y aunque hace algunos años
que mi destreza había superado la de aquel hombre, siempre
prefería fingir y dejar un hueco en mi guardia, que rápidamente
era descubierto por el viejo soldado y después vuelve y vuelve a
explicarme como cubrir ese hueco y parar su ya lento golpe.
También recuerdo el dolor de mi hombro, de mi brazo izquierdo al
aguantar los envites y golpes en la rodela; siempre he
preferido su uso, mejor que los escudos ovalados. La madera de
olmo con que están hechas no es la más dura, pero es más pesad
y fácil de encontrar. Sus capas de cuero crudo las hacen más
sólidas , pero lo importante me decía el herrero: “Son las
cantoneras remachadas de sus bordes y sus umbros, ahora algo
mellados después de tantos combates y golpes.
Aquí están mis espadas bruñidas y aceitadas
con sus filos repasados, guardadas en sus vainas de cuero, con
sus correajes doblados y aceitados para evitar que el cuero se
cuartee por el sudor, la humedad o el frió.
Sobre la mesa mi cota de malla y el almofar
cuidadosamente repasados los enganchones de las anillas por
Pedro, al lado esta mi crespina acolchada de lino y mi gambeson,
ambos nuevos. Es el ultimo detalle de mi padre. Él ha querido
que fuera así, como si pudieran protegerme mejor.
Allí está rígido y mullido el gambeson, la
lana prensada todavía no había perdido su rigidez, el sudor y el
uso ya la doblegaran y quien sabe si me ayudaran a protegerme de
las flechas o saetas de los moros.
Cojo mi casco, esta mañana hemos cambiado los
suspensores de cuero y lo hemos ajustado para que fuera algo
cómodo encima de la crespina y el almofar. A mi no me gusta usar
casco, hay tantas cosas que no me gustan, pero son necesarias.
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Recuerdo como hace años volviendo a mi casa,
orgulloso de mi casco nuevo, bajaba de la plaza Mayor, con las
orejas rojas por el roce del metal y con el nasal rozándome los
labios. No llevaba protección alguna bajo el casco que
protegiera mi cabeza del frió y de los golpes del hierro.
Quería que lo viera Isabel, yo estaba
orgulloso de él. Isabel se echó a reír con su dueña cuando me
vio de esa guisa. Que dulce es su sonrisa.
El resto de mis armas ya las ha guardado
Pedro. Está receloso conmigo por hacer su trabajo, pero yo
quiero hacer mi parte y estas armas la quiero llevar mañana,
así me se despediré de mi familia y de Isabel.
Cabalgaré hasta la plaza Mayor para unirme a
las huestes. Muchos de mis amigos parten conmigo, buscan lo
mismo que yo, pero ellos van a jugar con sus destinos.
Pero el mío ya esta firmado y sellado, es un
trato con mi sangre y antes de cinco años volveré. Eso era lo
pactado con Isabel y eso cumpliré.
Que Dios me de la luz que me ilumine en mi
viaje. Rogaré para que nos conceda todas sus bendiciones y si
tiene a bien nos conceda ciento a uno nuestros sueños.

Bibliografía
Histórica:
-Articulo: EL TERUEL
DE LOS AMANTES de Gregorio A. GÓMEZ, Conferencia impartida
dentro del ciclo "Los Amantes de Teruel" el 17 de enero de 2006.
-Historia Contada de
Aragón de José Luis Corral Lafuente.
Bibliografía
Armamento:
La
evolución del armamento medieval en el reino Castellano Leones y
Al-andalus (siglos XII-XIV) de Alvaro Soler del Campo.
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