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LA QUEMA DE LA BRUJA

Ana Esteban Tricas

Se ve muchísima gente de todo tipo.

Los pobres llevan harapos, trapos rotos atados con cuerdas, y la mayoría van descalzos, con el pelo largo y sucio y todos lo hombres con barbas largas.

Sin embargo, los nobles van muy bien vestidos y no tienen ninguna pinta de tener frío. Las mujeres llevan largos vestidos escotados y de tirantes, ya que debajo llevan la camisola, generalmente blanca, y una capa muy larga encima. El pelo brillante y largo lo llevan, la mayoría, recogido con un tocado o moño y ya que tienen dinero, van con muchas joyas, largos pendientes, broches de oro... Los hombres llevan trajes hasta la rodilla con el escudo de tela de su orden o grupo cosido, capas no muy largas y generalmente llevan sandalias. Aparte, se ve mucha más variedad de gente en la calle, bufones, cuenta cuentos, niños, templarios, hospitalarios...
 

Personas con trajes de colores y gorros muy graciosos entretienen a la gente que pasa por ahí haciendo malabares, teatros...

Los campesinos visten de forma completa pero sencilla.

La zona es grande, una plaza con el suelo lleno de paja, personas bailando, jugando, riendo, puestos de mercado formados por una lona, palos y mesas grandes donde extienden sus productos, comerciantes y artesanos venden vasijas, comida artesanal, perfumes, lanas...

En una esquina, una mujer mayor, que vestida con trapos rotos lleva los dientes amarillos y el pelo casposo, pide dinero.

Huele a humo, ya que están preparando una hoguera en el centro de la plaza para quemar a una bruja. La gente deja de divertirse y se echa a un lado. Traen a la bruja en un carro de madera, llevado por dos templarios vestidos de blanco, con una cota de malla gris en la cabeza y una cruz roja en la capa y otra en el traje. Lleva encadenados al carro los pies y las manos.

Ella es de unos 20 años, pelo abultado, sucio y rubio, media melena, flacucha, cara negra de carbón y suciedad y vestida con una túnica marrón oscuro que llega hasta el suelo de la que cuelga una larga capucha. La bruja se mueve de un lado a otro, desesperada intentando romper las cadenas y salir del carro. Chillidos de terror llenan la plaza. Chilla y llora como si un clavo le estuviera atravesando la cabeza.

Algunas personas le tiran fruta podrida, otros la miran con cara de compasión, los más pequeños lloran y los traviesos chilla:

¡ A la hoguera! ¡ Bruja!

Ella cada vez se siente más sola y triste, nadie le ayuda y esta apunto de morir.

A la llegada esperan las beguinas, orden religiosa femenina que se dedica al cuidado de los pobres. Los templarios la bajan del carro amarrándola bien y con cuidados de que no se escape.

Mientras un monje dice unas palabras y explica el motivo de su quema, ella suelta una mano y con rapidez la mete en la limosnera y saca unos polvos blancos y los tira mientras pronuncia unas palabras en latín. La plaza se llena de un humo negro y maloliente y la bruja desaparece.

¡Qué se le va a hacer! Tendrá que repetirse la caza de brujas.

 

(c) Raquel Esteban. Prohibida la reproducción total o parcial sin su autorización expresa.


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