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Se ve muchísima gente de todo tipo.
Los pobres llevan
harapos, trapos rotos atados con cuerdas, y la mayoría van descalzos, con el
pelo largo y sucio y todos lo hombres con barbas largas.
Sin embargo, los nobles van muy bien vestidos y
no tienen ninguna pinta de tener frío. Las mujeres llevan largos vestidos
escotados y de tirantes, ya que debajo llevan la camisola, generalmente blanca,
y una capa muy larga encima. El pelo brillante y largo lo llevan, la mayoría,
recogido con un tocado o moño y ya que tienen dinero, van con muchas joyas,
largos pendientes, broches de oro... Los hombres llevan trajes hasta la rodilla
con el escudo de tela de su orden o grupo cosido, capas no muy largas y
generalmente llevan sandalias. Aparte, se ve mucha más variedad de gente en la
calle, bufones, cuenta cuentos, niños, templarios, hospitalarios...
Personas con trajes de colores y gorros muy
graciosos entretienen a la gente que pasa por ahí haciendo malabares, teatros...
Los campesinos visten de forma completa pero
sencilla.
La zona es grande, una plaza con el suelo lleno
de paja, personas bailando, jugando, riendo, puestos de mercado formados por una
lona, palos y mesas grandes donde extienden sus productos, comerciantes y
artesanos venden vasijas, comida artesanal, perfumes, lanas...
En una esquina, una mujer mayor, que vestida con
trapos rotos lleva los dientes amarillos y el pelo casposo, pide dinero.
Huele a humo, ya que están preparando una
hoguera en el centro de la plaza para quemar a una bruja. La gente deja de
divertirse y se echa a un lado. Traen a la bruja en un carro de madera, llevado
por dos templarios vestidos de blanco, con una cota de malla gris en la cabeza y
una cruz roja en la capa y otra en el traje. Lleva encadenados al carro los pies
y las manos.
Ella es de unos 20 años, pelo abultado, sucio y
rubio, media melena, flacucha, cara negra de carbón y suciedad y vestida con una
túnica marrón oscuro que llega hasta el suelo de la que cuelga una larga
capucha. La bruja se mueve de un lado a otro, desesperada intentando romper las
cadenas y salir del carro. Chillidos de terror llenan la plaza. Chilla y llora
como si un clavo le estuviera atravesando la cabeza.
Algunas personas le tiran fruta podrida, otros
la miran con cara de compasión, los más pequeños lloran y los traviesos chilla:
¡ A la
hoguera! ¡ Bruja!
Ella cada vez se siente más sola y triste, nadie
le ayuda y esta apunto de morir.
A la llegada esperan las beguinas, orden
religiosa femenina que se dedica al cuidado de los pobres. Los templarios la
bajan del carro amarrándola bien y con cuidados de que no se escape.
Mientras un monje dice unas palabras y explica
el motivo de su quema, ella suelta una mano y con rapidez la mete en la
limosnera y saca unos polvos blancos y los tira mientras pronuncia unas palabras
en latín. La plaza se llena de un humo negro y maloliente y la bruja desaparece.
¡Qué se le va a hacer! Tendrá que repetirse la
caza de brujas.
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