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Con estas palabras dichas en un tono
completamente como-si-nada comenzó mi fin de semana fuera del tiempo “normal” en
Teruel hace casi un año ya. Me habían invitado a presentar la ponencia plenaria
para un congreso sobre el Medievalismo, en Canadá, y pensaba hacerlo sobre el
uso de la música en las fiestas de tipo “medieval” en España. Cuando, por otro
asunto diferente, me salió la posibilidad de ir a España durante 10 días en
febrero, parecía ser la ocasión perfecta para asistir a “Las bodas de Isabel de
Segura”, que seguramente no habría más medieval, y llamé a mi amiga Raquel Esteban
para avisarle. Al llegar a Madrid desde Canadá, medio dormida con el cambio de
hora, y el trasborde atrasado en Ámsterdam, descubrí que habían perdido mi
mochila. Pero llevaba como siempre lo esencial conmigo: la cámara de video, la
grabadora mini-disc, y el cuadernillo de letras de canciones. Fui corriendo al
FNAC para buscar unas cintas, y en la estación de autobuses busqué algo barato
de cambio de ropa, y sin más pausa, conseguí pillar el último bus a Teruel,
donde llegué a medianoche. Estando ya más o menos despistada, cuando ohí
estas palabras, “Algún Cátaro te irá a buscar en la estación de autobuses”,
hasta me parecía (más o menos) normal, y efectivamente, dentro de poco sonó mi
móvil y una voz desconocida me dijo algo como “soy el Cátaro, acércate al otro
lado del puente y te acompañaré al bar donde nos veremos todos, llevo gafas, no
será complicado conocerme.”
Un Cátaro con gafas llamándome al móvil a
medianoche, nada más evidente; ya había bajado varias melodías medievales al
móvil y hasta el aparatito estaba acostumbrado.
A la
primera hora de la mañana siguiente, me encontré por la calle, vestida
debidamente en ropa medieval que Raquel me había prestado, con mi cámara de
video escondida de manera discreta bajo la capa, como me había recomendado
Raquel, por no estropear el ambiente medieval; ella, claro, tenía su móvil con
altavoz, también bajo la capa, por la misma razón. La calle tenía un aspecto un
tanto surreal, o quizás fuera todavía el efecto del cambio de hora, pérdida de
bagaje etc. Surreal porque era una mañana normal (o lo que tomamos por “normal”
en este mundo del s. XXI que nos toca) pero todos los hombres llevando el
periódico de la mañana, todas las mujeres con una barra de pan
fresco, ¡hasta los perros! iban vestidos de medieval.Y es que –
ver a gente vestido de medieval por las calles de algún casco
histórico, en el escenario, dentro del recinto de algún castillo
como en Consuegra, es una cosa, pero con perro, pan y periódico
con aire de empezar el día normal de trabajo, tiene ya otra
pinta….
Como yo andaba vestidita como los demás, medievalísimo, nadie me hacía caso, y
también busqué mi café y mi periódico antes de llegar al claustro donde se
celebraba la boda. Allí habían músicos, con una mezcla de instrumentos, algo
medieval, algo Renacimiento, y percusiones de estas que ahora están de moda:
derbukkas hechas de metal y plástica en vez de barro y piel…
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Judith Cohen
peRo bueno, llevo
ya tiempo convencida que si en la Edad Media hubiera existido la
posibilidad de colocar pieles de plástica en vez de piel
verdadera, a lo mejor les hubiera encantado a los juglares y a
las juglaresas ambulantes - mucho más práctico, las de plástica
no se estropean si se ponen imposibles en aire húmedo. Pues,
intenté convencerme que no pasaba nada.
Tocaban bien, y
eran simpáticos, los músicos, y estábamos charlando y yo
averiguando que repertorio pensaban tocar – casi todo de después
de la fecha de las bodas de Isabel, pero bueno, medieval es
medieval, un par de siglos entre amigos no hay para tanto….
cuando me acordé. Medio dormida, la noche anterior, bien pasada
ya medianoche en el bar con ella y varios Cátaros con y sin
gafas, yo le había dicho, “sí, ¿por qué no?” a la pregunta de
Raquel, “¿tienes alguna canción de la época que puedes cantar
para la boda?” Rápidamente, busqué a alguien para filmar con mi
pequeña cámara, apagué mi móvil, y saqué el
papel-apariencia-pergamino sobre el cuál había escrito
rápidamente la letra de “Tant m’abelis jois e amors
e chans” del trovador célebre Berenguer de Palaol. No me sabía toda la letra de
memoria, puesto que eran años desde la última vez que la había cantado,
pero estaba en mi cuadernillo de letras que siempre me llevo por si acaso y
nunca facturaría con equipaje…
Aquí me toca explicar que muchas personas
pensaban que canté canciones sefarditas, porque es mi “especialidad” - pero, no,
solo canté canciones escritas con partitura en manuscritos medievales
cristianos, porque la triste verdad es que no tenemos ningún manuscrito medieval
de música sefardí (salvo fragmentos de una canción religiosa compuesta en
Italia) y tampoco de música árabe. De las muchas canciones sefarditas que
tenemos, muchas, sobretodo romances, tienen letras antiquísimas, pero sus
melodías son más recientes; y la mayoría de las canciones sefardíes que se
graban en discos por ejemplo, con frecuencia son composiciones mas tardías,
incluso del siglo XIX o principios del XX.
Después de la boda, tengo memorias de intentar no
perderme nada: visitar los puestos de artesanía, admirar los halcones por la
calle, notar la presencia de la tienda “Medieval Factory” (hasta el siglo XVI no
aparece la palabra “factory”, derivada del francés “factorie”, en inglés);
escuchar otra mezclas de música medieval, renacimiento, folk, regional… |
Y
notar las percusiones casi siempre lo mismo – las omnipresentes derbukkas de
metal y plástica y lo que se ha puesto casi una epidemia en España (y otros
sitios) estos últimos años, el tambor africano “dzhémbe” (suelen escribirlo con
“j”, djembe, pero lo pongo aquí fonéticamente para evitar la confusión con la
“j” castellano.) No tiene nada que ver con la música medieval europea, pero como
se ha puesto más o menos un sine-qua-non en cualquier festival, allí estaba.
Pregunté a un tocador de dzhembe, vestido de manera más o menos medieval (en
inglés, mi lengua materna, diría “medieval-ish”), porque lo utilizaba cuando no
era un instrumento medieval. Me hizo mucha gracia su respuesta inmediata, “soy
esclavo africano y le acompaño a él que me compró y me llevó aquí a Teruel.”
El día siguiente, por la tarde, era el gran
momento clave de la muerte del Amante. La dulce Raquel ya me había dicho, “mira,
muy bonita la canción que cantaste para la boda…¿acaso tienes otra de la época
para la Muerte del Amante?” A Raquel no se le resiste fácilmente; saqué mi
cuadernillo de debajo de la capa medieval, y no había mucho que fuese adecuado
para una muerte noble medieval, pero finalmente apareció la “chanson de toile”
anónima francesa del s. XIII, “Bele Doette”, que relata la muerte del amante de
Doette, en un torneo. También hacía años que no la cantaba; busqué otro
papel-pergamino para tener la letra bien, y cuando llegó el momento, me subí al
escenario oscuro con el micrófono debidamente escondido por el “pergamino” y por
la muy útil capa medieval… El día siguiente me comentó el Amante genial, ya
evidentemente resucitado, “oye, mientras yo estaba tumbado allí muerto, en el
escenario, escuchaba tu canción, que bonita.” Me hubiera parecido una falta de
cortesía no devolver un cumplimiento tan galán y tan gentil. Busqué las palabras
adecuadas, y me salió: “mientras yo contaba la canción, te veía allí tumbado y
pensaba que tu muerte la habías efectuado de manera muy elegante, me hubiera
gustado verte repetirlo varias veces.”
Los grandes tambores de Aragón, en el desfile; la
canción del Llibre Vermell “María Matrem” bien cantada en la Muerte de Isabel el
domingo (bueno, el Libro Vermell también un par de siglos demasiado tarde, pero
por lo menos era medieval), la invención de bailes y danzas sencillos y
graciosos, bailados con música medieval por chicas jóvenes y niñas más
pequeñas…de noche; las largas horas frías de la noche con la luz de las hogueras
(yo con la de los Cátaros, claro), el olor de la carne asada, las risas, las
canciones, los teatros… parecía que el acontecimiento había colectivamente
reunido todo lo bueno, lo idealista, de la Edad Media, dejando al lado sus
partes siniestros y tristes - y menos mal. Más que nada, quizás, aparte las
largas horas dedicadas por Raquel y por todos los que colaboraban – con tan
buenos resultados - lo que me llamó la atención fue la participación tan
completa de los vecinos de Teruel. Se vestían (y, como ya comenté, hasta a los
perros), andaban por allí también de azafates geniales, y no se perdían un solo
acto - cuando el Amante consiguió alcanzar el balcón de Isabel hubo un gran
suspiro colectivo y espontáneo de todos, como si no hubieran visto el acto
varias veces ya, como si de veras en aquel momento ello todos fueran la gente
del Teruel de principios del s.XIII, en aquel mismo momento lejano, que ni
sabemos seguramente si existió o no, pero cuya leyenda de amor fiel vive ahora
en un pasado hecho presente, un pasado y vivido por los presentes.
Nota: Mi ponencia se tituló: “It only matters that
they think it’s medieval”: Music in would-be -medieval festivals in Spain”
(“’Sólo importa que se crean que es medieval’: la música en los llamados
festivales medievales en España”), para el “19th
Annual International Conference on Medievalism”, celebrado a la Universidad de
New Brunswick (Fredericton, Canada), 1-2 octubre, 2004. La única canción
medieval judía documentada con partitura, “Mi al Har Khorev” (en hebreo),
aparece en mi CD “Canciones de Sefarad”, Pneuma PN270; y“Bele Doette” se oye en
uno anterior, “Monofonías Medievales”, Tecnosaga KPD10.914)
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