Fundación Bodas de Isabel

 

 

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“Algún Cátaro irá a buscarte en la estación de autobuses…”
 Por Judith R Cohen, etnomusicóloga, York University, Toronto/Alan Lomax Collection
http://www.yorku.ca/judithc

Con estas palabras dichas en un tono completamente como-si-nada comenzó mi fin de semana fuera del tiempo “normal” en Teruel hace casi un año ya. Me habían invitado a presentar la ponencia plenaria para un congreso sobre el Medievalismo, en Canadá, y pensaba hacerlo sobre el uso de la música en las fiestas de tipo “medieval” en España. Cuando, por otro asunto diferente, me salió la posibilidad de ir a España durante 10 días en febrero, parecía ser la ocasión perfecta para  asistir a “Las bodas de Isabel de Segura”, que seguramente no habría más medieval, y llamé a mi amiga Raquel Esteban para avisarle. Al llegar a Madrid desde Canadá, medio dormida con el cambio de hora, y el trasborde atrasado en Ámsterdam, descubrí que habían perdido mi mochila. Pero llevaba como siempre lo esencial conmigo: la cámara de video, la grabadora mini-disc, y el cuadernillo de letras de canciones. Fui corriendo al FNAC para buscar unas cintas, y en la estación de autobuses busqué algo barato de cambio de ropa, y sin más pausa, conseguí pillar el último bus a Teruel, donde llegué a medianoche. Estando ya más o menos despistada, cuando ohí estas palabras, “Algún Cátaro te irá a buscar en la estación de autobuses”, hasta me parecía (más o menos) normal, y efectivamente, dentro de poco sonó mi móvil y una voz desconocida me dijo algo como “soy el Cátaro, acércate al otro lado del puente y te acompañaré al bar donde nos veremos todos, llevo gafas, no será complicado conocerme.”

Un Cátaro con gafas llamándome al móvil a medianoche, nada más evidente; ya había bajado varias melodías medievales al móvil y hasta el aparatito estaba acostumbrado.

A la primera hora de la mañana siguiente, me encontré por la calle, vestida debidamente en ropa medieval que Raquel me había prestado, con mi cámara de video escondida de manera discreta bajo la capa, como me había recomendado Raquel, por no estropear el ambiente medieval; ella, claro, tenía su móvil con altavoz, también bajo la capa, por la misma razón. La calle tenía un aspecto un tanto surreal, o quizás fuera todavía el efecto del cambio de hora, pérdida de bagaje etc. Surreal porque era una mañana normal (o lo que tomamos por “normal” en este mundo del s. XXI que nos toca) pero todos los hombres llevando el periódico de la mañana, todas las mujeres con una barra de pan fresco, ¡hasta los perros! iban vestidos de medieval.Y es que – ver a gente vestido de medieval por las calles de algún casco histórico, en el escenario, dentro del recinto de algún castillo como en Consuegra, es una cosa, pero con perro, pan y periódico con aire de empezar el día normal de trabajo, tiene ya otra pinta….

Como yo andaba vestidita como los demás, medievalísimo, nadie me hacía caso, y también busqué mi café y mi periódico antes de llegar al claustro donde se celebraba la boda. Allí habían músicos, con una mezcla de instrumentos, algo medieval, algo Renacimiento, y percusiones de estas que ahora están de moda: derbukkas hechas de metal y plástica en vez de barro y piel…

Judith R. Cohen
Judith Cohen

peRo bueno, llevo ya tiempo convencida que si en la Edad Media hubiera existido la posibilidad de colocar pieles de plástica en vez de piel verdadera, a lo mejor les hubiera encantado a los juglares y a las juglaresas ambulantes -  mucho más práctico, las de plástica no se estropean si se ponen imposibles en aire húmedo. Pues, intenté convencerme que no pasaba nada.

Tocaban bien, y eran simpáticos, los músicos, y estábamos charlando y yo averiguando que repertorio pensaban tocar – casi todo de después de la fecha de las bodas de Isabel, pero bueno, medieval es medieval, un par de siglos entre amigos no hay para tanto…. cuando me acordé. Medio dormida, la noche anterior, bien pasada ya medianoche en el bar con ella y varios Cátaros con y sin gafas, yo le había dicho, “sí, ¿por qué no?” a la pregunta de Raquel, “¿tienes alguna canción de la época que puedes cantar para la boda?” Rápidamente, busqué a alguien para filmar con mi pequeña cámara, apagué mi móvil, y saqué el papel-apariencia-pergamino sobre el cuál había escrito rápidamente la letra de “Tant m’abelis jois e amors e chans” del trovador célebre Berenguer de Palaol. No me sabía toda la letra de memoria, puesto que eran años desde la última vez que la había cantado, pero estaba en mi cuadernillo de letras que siempre me llevo por si acaso y nunca facturaría con equipaje…

Aquí me toca explicar que muchas personas pensaban que canté canciones sefarditas, porque es mi “especialidad” - pero, no, solo canté canciones escritas con partitura en  manuscritos medievales cristianos, porque la triste verdad es que no tenemos ningún manuscrito medieval de música sefardí (salvo fragmentos de una canción religiosa compuesta en Italia) y tampoco de música árabe. De las muchas canciones sefarditas que tenemos, muchas, sobretodo romances, tienen letras antiquísimas, pero sus melodías son más recientes; y la mayoría de las canciones sefardíes que se graban en discos por ejemplo, con frecuencia son composiciones mas tardías, incluso del siglo XIX o principios del XX.

Después de la boda, tengo memorias de intentar no perderme nada: visitar los puestos de artesanía, admirar los halcones por la calle, notar la presencia de la tienda “Medieval Factory” (hasta el siglo XVI no aparece la palabra “factory”, derivada del francés “factorie”, en inglés); escuchar otra mezclas de música medieval, renacimiento, folk, regional…

 Y  notar las percusiones casi siempre lo mismo – las omnipresentes derbukkas de metal y plástica y lo que se ha puesto casi una epidemia en España (y otros sitios) estos últimos años, el tambor africano “dzhémbe” (suelen escribirlo con “j”, djembe,  pero lo pongo aquí fonéticamente para evitar la confusión con la “j” castellano.) No tiene nada que ver con la música medieval europea, pero como se ha puesto más o menos un sine-qua-non en cualquier festival, allí estaba. Pregunté a un tocador de dzhembe, vestido de manera más o menos medieval (en inglés, mi lengua materna, diría “medieval-ish”), porque lo utilizaba cuando no era un instrumento medieval. Me hizo mucha gracia su respuesta inmediata, “soy esclavo africano y le acompaño a él que me compró y me llevó aquí a Teruel.”

El día siguiente, por la tarde, era el gran momento clave de la muerte del Amante. La dulce Raquel ya me había dicho, “mira, muy bonita la canción que cantaste para la boda…¿acaso tienes otra de la época para la Muerte del Amante?” A Raquel no se le resiste fácilmente; saqué mi cuadernillo de debajo de la capa medieval, y no había mucho que fuese adecuado para una muerte noble medieval, pero finalmente apareció la “chanson de toile” anónima francesa del s. XIII, “Bele Doette”, que relata la muerte del amante de Doette, en un torneo. También hacía años que no la cantaba; busqué otro papel-pergamino para tener la letra bien, y cuando llegó el momento, me subí al escenario oscuro con el micrófono debidamente escondido por el “pergamino” y por la muy útil capa medieval… El día siguiente me comentó el Amante genial, ya evidentemente resucitado, “oye, mientras yo estaba tumbado allí muerto, en el escenario, escuchaba tu canción, que bonita.” Me hubiera parecido una falta de cortesía no devolver un cumplimiento tan galán y tan gentil. Busqué las palabras adecuadas, y me salió: “mientras yo contaba la canción, te veía allí tumbado y pensaba que tu muerte la habías efectuado de manera muy elegante, me hubiera gustado verte repetirlo varias veces.”

Los grandes tambores de Aragón, en el desfile; la canción del Llibre Vermell “María Matrem” bien cantada en la Muerte de Isabel el domingo (bueno, el Libro Vermell también un par de siglos demasiado tarde, pero por lo menos era medieval), la invención de bailes y danzas sencillos y graciosos, bailados con música medieval por chicas jóvenes y niñas más pequeñas…de noche; las largas horas frías de la noche con la luz de las hogueras (yo con la de los Cátaros, claro), el olor de la carne asada, las risas, las canciones, los teatros… parecía que el acontecimiento había colectivamente reunido todo lo bueno, lo idealista, de la Edad Media, dejando al lado sus partes siniestros y tristes - y menos mal. Más que nada, quizás, aparte las largas horas dedicadas por Raquel y por todos los que colaboraban – con tan buenos resultados -  lo que me llamó la atención fue la participación tan completa de los vecinos de Teruel. Se vestían (y, como ya comenté, hasta a los perros), andaban por allí también de azafates geniales, y no se perdían un solo acto -  cuando el Amante consiguió alcanzar el balcón de Isabel hubo un gran suspiro colectivo y espontáneo de todos, como si no hubieran visto el acto varias veces ya, como si de veras en aquel momento ello todos fueran la gente del Teruel de principios del s.XIII,   en aquel mismo momento lejano, que ni sabemos seguramente si existió o no, pero cuya leyenda de amor fiel vive ahora en un pasado hecho presente, un pasado y vivido por los presentes.

Nota: Mi ponencia se tituló: “It only matters that they think it’s medieval”: Music in would-be -medieval festivals in Spain” (“’Sólo importa que se crean que es medieval’: la música en los llamados festivales medievales en España”), para el “19th Annual International Conference on Medievalism”, celebrado a la Universidad de New Brunswick (Fredericton, Canada), 1-2 octubre, 2004. La única canción medieval judía documentada con partitura, “Mi al Har Khorev” (en hebreo), aparece en mi CD “Canciones de Sefarad”, Pneuma PN270; y“Bele Doette” se oye en uno anterior, “Monofonías Medievales”, Tecnosaga KPD10.914)

(c) Raquel Esteban. Prohibida la reproducción total o parcial sin su autorización expresa.


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