Fundación Bodas de Isabel

 

 

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L a s   a n é c d o t a s   d e l   p r i m e r   a ñ o

Como Tino Quílez fue el primer Diego de la historia de La Bodas, nadie pudo orientarle, no había ninguna experiencia previa, no había antecesores, ni siquiera un guión concreto. Todo era nuevo y como muy bien dice nuestro protagonista "fue el año de la improvisación y las ganas". Tan bueno fue el resultado, tan buen uso hicieron actores y organizadores de esa improvisación y esas ganas, que marcó los parámetros de lo que ha llegado a ser una cita ineludible en el calendario de la ciudad. Precisamente por ese carácter primerizo, de novedad, de sorpresa para el público, se produjeron muchas y muy sabrosas anécdotas, difíciles de imaginar hoy en tan asentada celebración.

¡Cómo me gusta el mercado medieval!: sumergirme, al andar, en un baño de aromas de jabones, curados, chocolates, especias… Un artesano me muestra unos utensilios de madera de olivo, en el preciso momento en que un halcón sobrevuela mi cabeza. Enseguida, ruido de gaitas y timbales. Me giro. Dos bailarinas moras pasan junto a mí, dejando una estela de sonrisas. A lo lejos, unos leprosos avisan de su llegada. De repente, una cara amiga me ofrece un vaso caliente con hidromiel…

El primer año de celebración de la fiesta medieval fue, ante todo, eso: para todo era la “primera vez”. El resultado de aquella aventura en la que nos embarcó Raquel Esteban, tanto a mi grupo Espantanublos Teatro, como al grupo Talía del I.E.S. Vega del Turia, fue fruto de la pasión y también de las múltiples casualidades que ayudaron a arrancar la fiesta.

Esta primera edición ofrece sus peculiaridades o anécdotas, que muchos ignoran y que yo aún guardo como gratos recuerdos:

--  GUION TEATRAL. No había guión escrito, como tal. Solamente una serie de acciones encadenadas que fueron rellenadas con frases, fruto de los ejercicios de improvisación que realizábamos los actores, en el Hogar Comandante Aguado, en aquellas tardes de ensayos dirigidos por Zarko Miladinovich.

-- ENTRADA EN LA CIUDAD. La escena debía comenzar bajo el arco de la Andaquilla. Cuando nos disponíamos a iniciar la representación me dí cuenta de que había unas cincuenta personas a mis espaldas, situadas a lo largo de la cuesta de la Andaquilla. Así que las primeras palabras de Diego fueron: “Si no les importa pasar delante de mí…La escena comienza del arco para arriba. Ahí no van a ver nada. Gracias”

--  LLEGADA A LA TABERNA. Había muy poca gente ataviada a la usanza medieval, aparte de los actores.  La cercanía del público era tal que cuando, como Diego, ofrecía un plato de jamón, para festejar mi regreso, comían de él, indistintamente, tanto mis compañeros de armas como los espectadores.

--  MUERTE.  Tras permanecer asido aún a una columna de la Plaza del Torico, sobreviene el desvanecimiento y Diego muere. Enseguida, un médico foráneo, ya jubilado, se apresuró a tomarme el pulso, tal y como recoge el video y alguna fotografía de entonces. “No se preocupe, que está bien” –le explicaron mis compañeros de reparto.

Recién apartado el cuerpo sin vida de Diego, de la puerta de la casa de Isabel; recién muerto, aún caliente, una voz me susurraba al oído: “Las necesitamos para bailar en la plaza”, mientras se hacían con mis botas de época, dejándome unas deportivas a cuenta.

--  ENTIERRO. Inicialmente, el cuerpo de Diego iba a ser expuesto en la Puerta de la Catedral, en espera de la llegada de Isabel y el cortejo fúnebre. Aunque parecía lógico que el cadáver de éste fuese exhibido, en procesión, por las calles, la verdad es que la Organización no se atrevía a proponérmelo y yo no me decidía a solicitarlo. Finalmente, me decidí y la noche anterior, de madrugada, se conseguía una camilla en Cruz Roja, a tal efecto. No hay que olvidar que éste fue el año de la improvisación y las ganas.

Ese recuerdo, en especial, lo guardo para mí.  Es una sensación única: uno es llevado por las calles, inmóvil; flotando a hombros de sus compañeros, totalmente desorientado; recibiendo el azote del frío de las calles estrechas, unas veces y la caricia de los rayos de sol, en otros momentos; envuelto por el austero retumbe de tambores y bombos, hasta que el redoble de campanas de la Catedral toma protagonismo. Señal de que ya estamos cerca. Por un segundo llegas a preguntarte: “¿estoy realmente muerto?”.

--  EL BESO.  Como broche al funeral, tras un silencio sepulcral, acallados los tambores, los labios de Isabel, herida de muerte, rozan los tuyos brevemente y al  instante, ella se desploma. Todo ha terminado.

Para la escena del beso, Silvia tuvo que rogar al público que se apartase, porque ella “era Isabel” y necesitaba pasar si querían que se desarrollara la escena.

--  SEGUNDA EDICION BODAS. Muy pocos saben que en 1998, yo era el candidato para representar el papel de Diego por segunda vez, tal y como anunció Zarko en el Salón de Actos de la Residencia Luis Buñuel. Al final, por circunstancias, elegí el papel de un cojo visionario, que acompañaría a Juanma, el nuevo Diego, en un tramo de su recorrido hasta casa de su amada.

Me alegro muchísimo de mi decisión, que ha hecho posible algo que ya es costumbre: que cada año sea una pareja nueva, la que se meta en la piel de Los Amantes. Todo un honor.

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(c) Raquel Esteban. Prohibida la reproducción total o parcial sin su autorización expresa.


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