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San Arnoldo de Ámbar se suma a Las Bodas de Isabel

La forma de vida de la Abadía Benedictina de San Arnoldo en Teruel o la Abadía de Ambar (como es popularmente conocida en la Corona de Aragón y en sus cercanos reinos del sur), comenzó en 1182 cuando un monje llamado Ossorio de Tarbes instaló, cerca de la muralla de la ciudad y cercana a los campos de cereal, una pequeña iglesia que con el paso del tiempo se convirtió en la abadía benedictina que conocemos en la actualidad.

El Padre Ossorio no era un monje al uso. Nacido en el sur de Francia, como muchos otros descendientes de familias aragonesas que tuvieron que emigrar por el avance almorávide, pronto destacó por sus ganas de conocimiento y de ayudar a los más necesitados.  Hombre piadoso y creyente, comenzó su noviciado a la edad de trece años en la abadía de Moutiers-la-Celle, en la diócesis de Troyes, donde llegó a ser prior. Imbuido del ideal de restauración de la vida monástica tal como fue instituida por San Benito, abandonó el monasterio en 1176 para ponerlo en práctica en la tierra de sus ancestros aragoneses si bien antes pasó por numerosos monasterios y abadías europeas con el fin de saber más para poder ayudar mejor.

Son conocidas sus estancias en la Abadía Benedictina de Cluny y en la Abadía Cisterciense de Fontenay en la Borgoña francesa. En esta última coincidió con Bernardo de Claraval, uno de los hombres más prominentes y con mayor reputación espiritual de su tiempo, impulsor de las construcciones de tipo cisterciense de Claraval y la misma Fontenay. Adquirió allí formación en metalurgia y siderurgia, algo raro para la época.

La Abadía de Rupertsberg en Renania, última estancia de Ossorio en Europa antes de volver a Aragón, marcará claramente su labor en tierras turolenses. Allí conoció a la abadesa Santa Hildegarda, una mujer culta interesada entre otras cosas por la física, la medicina y la botánica. Hildegarda y sus monjas preparaban una cerveza especial con un amargor característico y con cualidades de conservación que no había visto en ninguna otra bebida fermentada en los numerosos monasterios y abadías en los que había estado. Añadían una flor aromática durante la cocción de la cerveza. Se trataba de lúpulo, donde era frecuente su cultivo en Baviera, Franconia y Baja Sajonia. Ossorio comprobó que la cerveza mantenía más saludable a las mujeres y hombres de la abadía y su entorno. El agua en la época era transmisora de enfermedades y la cerveza, que en su elaboración hervía agua y por tanto eliminaba muchas bacterias y gérmenes, se convirtió en un “remedio higiénico” para prevenir enfermedades. El consumo de cerveza en Rupertsberg era casi un ritual para los peregrinos y lugareños de los alrededores. Tanto es así que sentían una especial devoción por un Santo llamado Arnoldo. San Arnoldo de Soissons, nacido en 1087 en Francia, conocido como el patrón de la cerveza.

Ossorio pasó mucho tiempo en la zona y aprendió a elaborar él mismo tan preciado líquido, capaz de sanar el cuerpo y alma de los que la bebían. De vuelta a Aragón se interesó de lleno en la vida de San Arnoldo llegando a estar varios meses en Soissons.

La fundación de la Abadía en 1182 en Teruel fue todo un éxito. En los años sucesivos la nueva abadía atrajo a numerosos visitantes y peregrinos, religiosos y laicos, atraídos por la fantástica cerveza de color ambarino. La  elaboraban con gran esmero y con el lúpulo que traían peregrinos del sur de Alemania en busca de indulgencias y de la famosa reliquia de San Arnoldo.  Tal reliquia consistía en un hilo de tela, supuestamente de la túnica arrebatada al Santo antes de ser enterrado, y que se colocaba en la muñeca a modo de pulsera o brazalete. Las malas lenguas dicen que con todos los hilos entregados se podrían hacer no una sino cien túnicas.

La cerveza de Ambar, no pasaba desapercibida ni en las cercanas taifas que llegaban incluso a enviar emisarios con objeto de llevarse en decenas de tinajas de la famosa bebida de la abadía. El Papa Inocencio III no veía con buenos ojos la labor de Ossorio ya que la cerveza provocaba a menudo en la población otro tipo de efectos menos espirituales.

En 1217, con motivo de la boda de Isabel de Segura y Pedro Fernández de Azagra, el Abad Ossorio preparó una cerveza especial para tal evento no sin antes recibir el permiso papal (Honorio III) a través del Obispo de Teruel. El Obispo bendijo la cerveza ante los futuros esposos y familia en un acto previo a la ceremonia. La bendición garantizó, en cierta forma, la pureza del líquido que pudo ser degustado por invitados, visitantes y turolenses. Ossorio no dudó en aprovechar este hecho para promulgar entre el pueblo sus indulgencias a cambio de beber su ya famosa cerveza nupcial.

 

(c) Raquel Esteban. Prohibida la reproducción total o parcial sin su autorización expresa.


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